lunes, 13 de mayo de 2013

Donde las dan las toman. Capítulo Primero


I

Cuando Pepa la «Tripicallera» penetró en la sala de su madre, entreteníase ésta en hacer prodigios con la aguja en algo parecido á una chapona acariciada por los intensos rayos de sol que inundaban el aposento y convertían en joyeles de piedras preciosas las flores que en tiestos y macetas orlaban el renegrido balcón.

Pepa entró en la estancia á modo de torbellino y sentóse sin deor oste ni moste en una silla, apoyó un codo en el espaldar y una meijlla en la palma de la mano y dio comienzo á redoblar nerviosamente con los tacones sobre los rojos ladrillos.
La señá Dolores desdobló el escuálido busto, se colocó las gafas á modo de venda sobre la rugosa frente y exclamó con acento de reproche, contemplando fijamente á su hija:
—Que Dios te los dé mu güenos.
— Usté perdone, madre, usté perdone; es que yo estoy mu malita, es que á mí mi hombre concluye de golverme loca.
—Tú te tieés la curpa, pero ya á la cosa no se le puée echar tapas y medias suelas, y por un gustazo un trancazo.
—Pero si es que no se puée aguantar á ese charrán.
—Ya le lo ecíamos yo y tó er mundo antes de que fueras á la parroquia.
—Sí, pero es que yo tenía una venda.
—Y vamos á ver, ¿qué hay de nuevo?
—Pos hay de nuevo que yo no puéo más, que tengo repudría la sangre, que hace dos horas, al ir á casa de Pepita la Infundiosa, me tropecé con mi hombre, y lo vide yo, yo, yo con mis ojos, pegar la hebra con Toñuela la de los Lunares, con ese estornúo de mujer, con ese tiesto, con esa cresta de gallo mínimo, que no vale lo que yo espertoro.
— ¿Y qué más? 
—¿Quié usté más? Pus, sí, hubo más; que cuando los vide me fuí pa ellos, y dicen que la Toñuela tiée un ojo como un melocotón, y... mire usté, qué añadío voy á encerrar en un guardapelo.
Y al decir esto sacaba del bolsillo y se lo mostraba en la crispada mano una abundante maraña de pelo rubio.
—Pos mira, en dándole una poca de cal, un añadío pa mí; ¿y qué más pasó?
—Pos pasó que á mi hombre, que está pidiendo á voces un ronzal, se le puso la rabia en el corazón y me llevó á la casa y me ha puesto el cuerpecito acardenalao.
Y la muchacha rompió en acerbo llanto al recordar la contundente escena.
Minutos después deciale su madre empujándola suavemente hacia la alcoba:
—Anda, métete ya dentro, que estará por venir, y lo que es la digestión, se la cortamos; ¡vaya si se la cortamos!

II

Toño sabía dónde estaba Pepi; durante una hora logró dominarse, no sin dar fin á una botella de Montilla ayudado por Juanico el «Torozona» en la taberna del «Ballenero»; pero después se le puso en pie algo en la conciencia y le dijo:
—No seas bruto, hombre, no seas bruto; tu Pepa es más bonita que el sol, más buena que un bálsamo,
te quiere con delirio y tú eres un animal, porque después de faltarla un día si y otro no, y el de enmedio con toditos los jarambeles con que te tropiezas, le amoratas el cutis de terciopelo, y eso es
una judiada, y el día menos pensao se va á cansar tu rosicler de aguantarte y te da el tifus y el cólera y hasta la fiebre amarilla, y vas á andar por esas calles de Dios haciéndole la competencia al «Melena» y á Joselito el de «Vélez».
Y pensando en aquello que le decía, lo que se le había incorporado en la conciencia, no pudo aguantarse más.

(Continuará.)

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